MARTES 16 DE ENERO DE 2018 
HOY NO CIRCULA

columnaCarlosBernardoBuenos días. Hablar de las canciones de Marina Ahedo su nombre real, o Graciela Olmos “La Bandida”, es recordar desde luego el famoso corrido del Siete Leguas, quizá su más reconocida composición, además de “Benito Canales”, “Benjamín Argumedo y desde luego ese hermoso tema que hizo éxito Javier Solís “Diosa del Mar” mejor conocida como “La carabela”, amén de su canción más famosa “La enramada”

De esta última composición, yo tengo mis muy fundadas dudas, pues resulta que a doña Graciela le “pagaban” algunos parroquianos célebres por su vocación a Baco y que empezaban en el negocio de la autoría musical, entregándole en prenda sus versos.

Esta “Enramada” tiene toda la métrica, el ritmo y la cadencia de los versos iguales a las obras espléndidas de mi muy admirado Álvaro Carrillo, personaje muy asiduo a la famosa casa de “La Bandida”

Pero dejemos que el propio Marco Antonio Muñiz, nos cuente la historia de sus andanzas en las veladas musicales en el famoso lupanar de la condesa.

- “Poco después de mudarme a la capital, la rutina era ir a la XEW a trabajar por las mañanas y dividir la tarde y la noche entre los cafés, los billares, y El Faro a ver si encontraba una oferta para cantar en alguna fiesta o serenata. Muy entrada la madrugada llegaba a mi cuarto en Tepito a descansar.

En los billares, donde se reunían los músicos en sus ratos de ocio, oí hablar de un lugar fantástico en el que se ganaba mucho dinero, la casa de citas de La Bandida.

Pero era muy difícil conseguir trabajo en la casa de La Bandida, porque muchos competían por un espacio. La primera vez que entré fue como cliente, acompañando a un artista que estaba ganando fama en aquellos días: Beny Moré. Yo lo conocí en la XEW y, Beny que era muy parrandero, me pidió que lo acompañara, no una sino varias veces. Así empecé a acompañar también a otras personalidades y músicos a la casa de La Bandida hasta que comencé a ser familiar entre sus trabajadores.

¿Qué cómo logré trabajar en la casa? Dicen algunos que por mi buena estrella... Entre las muchachas que ahí ofrecían sus servicios se encontraba Sandra, la más guapa de todas, y para mi suerte ella se fijó en mí.

Ante mi soledad sentimental, Sandra se convirtió en mi ideal de mujer. ¿Qué podía importarme su forma de ganarse la vida, si en lo personal era muy dulce? ... Su filosofía era asombrosa: entre semana, y a pesar de ser ya su pareja, no me dejaba tocarla ni hacerle el amor, afanes destinados sólo para el domingo, que era mi día de fiesta.

Al poco tiempo Sandra le pidió a la Bandida que me aceptara: Fíjese mami (porque todos en la casa la llamaban madre o mami) que hay un muchacho que canta muy bonito y yo quiero que me haga el favor de ver si lo puede acomodar aquí. Así de fácil, comencé a cantar en la casa de doña Graciela.

Las muchachas eran bien aleccionadas antes de comenzar a trabajar. Recuerden, les decía “La Bandida”, antes que nada, deben escuchar al cliente, sus problemas y sus tristezas. Y eso hacían: -Entonces tu mujer te dijo eso, ¡qué bárbara! Y qué le contestaste-... y entre copa y copa, la clientela desahogaba sus tristezas primero, tomaba y oía música después y daba rienda a sus apetitos carnales como punto final.

Desde la perspectiva del músico, las cosas en la casa funcionaban así: la muchacha platicaba con el cliente, y para amenizar la velada le pedía que llamara a un trío. Por eso importaba que los músicos se llevaran bien con las muchachas. Ellos tocaban y el cliente los recompensaba con una propina, regularmente generosa.

Algunos de los asistentes llegaban a ser peligrosamente posesivos. Yo acompañaba al trío cantando y tocando las maracas, y en más de una ocasión hubo quien pensó que era yo mismo quien regenteaba a la muchacha y, llevados por los celos, llegaron a amenazarme incluso con pistola.

En todos esos casos, La Bandida intervino poniendo a cada quien en su lugar tan sólo con su presencia, su autoridad y su impresionante calma para enfrentar la violencia. Como medida de precaución, Marco comenzó a cantar llevando una guitarra y haciendo como que la tocaba... y nunca más lo molestaron. Así era el ambiente macho en los años cincuenta.

Con el tiempo La Bandida me tomó cariño, y a la postre me convirtí en el acompañante de sus corridos, gracias a su buena memoria para aprenderse canciones.

Una buena noche, la madre me mandó a llamar. Me sonreía con afecto, pero sentí que algo raro alteraba la atmósfera. ¿Te acuerdas de la guitarra que siempre saco a presumir? Bueno, me la regaló Manolete (el famoso torero). La guitarra –continuó al tiempo que me la mostraba– es ésta y quiero regalártela esta noche. ¿Pero por qué? Es un instrumento de incalculable valor y no soy yo el que se la merece. - Le respondí. Sí la mereces- contestó indignada- porque a partir de hoy te vas a chingar a tu madre. ¡Cómo! –exclamé asustado. ¿Pues qué hice? No has hecho nada, pero ya te vas de aquí, cabrón. Hay orden de que mañana ya no entres. Pero, ¿por qué? ¿Es una broma? No es ninguna broma y es porque ya se cumplió tu ciclo aquí. Y si algún día quieres regresar, solamente te aceptaré si hay noticias de que te ha ido muy bien, de que has triunfado.

La Bandida me corrió para evitar me quedara preso en ese ambiente sórdido y sin futuro. Ella fue la única persona en ese entonces que pudo apreciar cómo un humilde muchachito que trabajaba de ‘traidor’ en la XEW escondía a un músico de profundos potenciales; y su casa fue el lugar de la capital en el que trabajé como músico profesional por primera vez. Correrme fue un acto maternal y generoso.

Señora, no sé dónde estás, pero quiero confesarte que en mis flaquezas siempre te recuerdo como un símbolo de perseverancia. Deseo que sepas que tus amorosos consejos no los olvido porque siguen normando mi conducta ante la vida. Es posible, jefa, que los nefastos pregunten qué pude aprender de ti; a estos escépticos les digo que tus bases morales no se traducen en torno a tu non sancta actividad, porque con tu nobleza supiste ganarte el corazón de todos los que te tratamos.

Doña Graciela Olmos, bandida de corazones, hurtadora de sentimientos, quien como Robin Hood nos participaste del botín de amigos, ratera de lealtad y pirata de actos nobles, desde que te fuiste, como tu Enramada... me acompañas en mis horas de nostalgia y de tristeza.

Bandida, mami, jefa, doña, para ti tengo un solo pensamiento que encierra toda mi gratitud: "¡Bienaventurada seas!“

https://youtu.be/jI-iT8vK6Ck

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