No todo es política

No todo es política

TIEMPOS DE CAMBIO

Por Santiago Hernández

Hay visitas que no buscan reflectores. Ocurren con discreción, casi a contracorriente de los tiempos políticos, y por eso mismo revelan más de quien las realiza.

Hace unos días, Óscar Flores Jiménez estuvo en Tlaxcala y recorrió el centro histórico de la ciudad, no como funcionario en gira ni como aspirante en campaña, sino como alguien que vuelve al lugar donde se formó buena parte de su vida.

No muchos saben que pasó años importantes de su infancia y juventud en un domicilio de la calle Lardizábal, a unos pasos de lo que fue el emblemático Internado Gral. de Div. José Amarillas -ahora ubicado en San Pablo Apetatitlán-. Quizá por eso su bajo perfil, alejado de la estridencia política.

Ciertamente, pasó inadvertido para muchos, aunque no para todos. Quienes lo reconocieron no dudaron en saludarlo, como quien escribe este espacio de opinión.

Y sí, lejos de “aprovechar” la coyuntura para hablar de política —esa que hoy se acelera entre encuestas, nombres y especulaciones—, Flores Jiménez optó por el silencio; no porque ignore los tiempos, sino porque los entiende.

Ciertamente, “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Además, en política no hay sorpresas, sino sorprendidos. Y, sobre todo, no todo momento es momento.

Así, su atención estuvo puesta en otra cosa: en la vida cotidiana del estado, en el ánimo social que, tras las fiestas decembrinas, transita hacia una de las expresiones culturales más arraigadas de Tlaxcala: el Carnaval.

Observó con interés cómo esta celebración concentra la alegría de familias enteras y el esfuerzo colectivo de quienes integran y sostienen las camadas que, al final de cuentas, son verdaderos guardianes de esta tradición viva.

Más allá del folclor, su reflexión fue clara: las tradiciones culturales del estado encierran un enorme potencial turístico y social, pero ese potencial solo cobra sentido si se traduce en beneficios reales para quienes las preservan, las transmiten y las comparten.

En tiempos donde muchos ven en Tlaxcala un tablero político, hay quienes aún la miran como comunidad, como un sitio de historias compartidas y como una razón poderosa para la responsabilidad social.

A veces, ese contraste dice más que cualquier declaración pública. En tiempos que se llenan de ornamentos discursivos con miras a las permanentes disputas electoreras, vale la pena atender las visiones que recaen en los motores de bienestar.