Tlaxcala: Memoria, dignidad y verdad histórica
Hablar de Tlaxcala es hablar de uno de los pilares más antiguos y profundos de la historia de México. Es referirse a un pueblo originario que, desde antes de la llegada de los europeos, construyó formas propias de organización política, social y cultural; que defendió su territorio, su autonomía y su identidad frente a poderes hegemónicos; y que participó, con inteligencia estratégica, en uno de los procesos históricos más complejos y determinantes de nuestro país: el nacimiento de la Nueva España y, siglos después, de la nación mexicana.
Por ello,
cada vez que el término “tlaxcalteca” se utiliza de manera peyorativa en el
debate público, no estamos frente a una simple expresión retórica. Estamos ante
la reproducción de una narrativa histórica equivocada, reduccionista y
profundamente injusta. Una narrativa que ha simplificado siglos de historia
para convertirlos en un estigma que no resiste un análisis serio, documentado y
honesto.
La historia
de Tlaxcala no puede explicarse desde el prejuicio. El señorío tlaxcalteca fue,
durante décadas, un territorio independiente que resistió la expansión del
Imperio mexica. Esa resistencia tuvo un alto costo humano, económico y
político. Cuando los españoles llegaron en 1519, Tlaxcala tomó una decisión
estratégica en un contexto de guerra permanente, asedio y supervivencia. No fue
una “traición”, fue una alianza política y militar, como las que han existido a
lo largo de toda la historia universal entre pueblos que buscan preservar su
existencia frente a un enemigo común.
Reducir esa
decisión a una etiqueta moral es desconocer cómo operaban las relaciones de
poder en el mundo mesoamericano y en el siglo XVI. Es ignorar que los
tlaxcaltecas no se sometieron, que negociaron, que conservaron formas de
autogobierno, que defendieron su territorio y que, incluso después de la
Conquista, siguieron siendo un pueblo con identidad propia y capacidad de
decisión. La historia no se explica con adjetivos; se entiende con contexto,
con fuentes y con responsabilidad intelectual.
En ese mismo
sentido, resulta fundamental revisar el juicio histórico que por siglos se ha
hecho sobre figuras como Malintzin. La reciente postura de la Presidenta de la
República, Claudia Sheinbaum Pardo, apunta con claridad a una reivindicación
necesaria: Malintzin fue una mujer indígena, esclavizada, multilingüe, que
actuó en condiciones extremas y profundamente desiguales. No fue una traidora;
fue una mujer situada en una coyuntura histórica violenta, que ha sido juzgada
desde parámetros morales posteriores y, muchas veces, desde una visión
profundamente misógina y colonial.
Desde el Senado de la República he impulsado esta misma reflexión. Coincidimos en que México necesita revisar críticamente su historia, no para reescribirla de manera complaciente, sino para liberarla de mitos que han servido para justificar el desprecio hacia pueblos originarios, hacia las mujeres indígenas y hacia regiones enteras del país. Tlaxcala ha cargado durante demasiado tiempo con una etiqueta que no le corresponde.
Reivindicar
a Tlaxcala no es un acto de regionalismo ni de confrontación. Es un ejercicio
de justicia histórica. Es afirmar que ningún pueblo merece ser reducido a un
estereotipo, y que el lenguaje importa, porque el lenguaje construye
realidades. Cuando se normaliza el uso despectivo de un gentilicio, se
normaliza también la exclusión, el clasismo y el racismo que México dice querer
erradicar.
Tlaxcala ha
aportado a México cultura, pensamiento, trabajo, identidad y memoria. Ha sido
semilla de procesos históricos fundamentales y sigue siendo, hoy, un estado
vivo, digno y comprometido con el presente y el futuro del país. Defender su
nombre es defender una visión de México que reconoce su diversidad, su
complejidad y su historia sin simplificaciones ni estigmas.
Esa es la
reflexión que hoy convoco: mirar a Tlaxcala con conocimiento, con respeto y con
la profundidad que su historia merece. Porque solo así podremos construir un
país reconciliado con su pasado y más justo en su presente.
Ana Lilia
Rivera Rivera
Senadora
de la República por el estado de Tlaxcala
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