La seguridad comienza en casa
La seguridad es una de las preocupaciones más profundas de las familias
mexicanas. Eso es natural porque todas y todos queremos que nuestros hijos
regresen con bien a casa, que nuestras hijas puedan caminar sin miedo, que
nuestros adultos mayores vivan tranquilos y que nuestras comunidades sean
espacios donde podamos convivir con libertad y dignidad.
Por ello, cuando hablamos de seguridad, no debemos reducir la
conversación a cifras, operativos o estadísticas. Todo eso es importante y
forma parte de la responsabilidad del Estado, pero hay una dimensión de la
seguridad que comienza mucho antes. En la familia.
La familia es el primer espacio donde aprendemos a convivir, a respetar,
a reconocer límites, a resolver diferencias y a entender que la vida y la
dignidad de los demás tienen el mismo valor que las nuestras. Es también el
lugar donde una niña, un niño o un joven encuentra -o debería encontrar-
afecto, orientación, protección y oportunidades.
Por eso, construir seguridad también significa fortalecer a las familias.
La Cuarta Transformación ha planteado un cambio de paradigma frente a la
violencia. No se trata solamente de perseguir a quienes cometen delitos cuando
éstos ya ocurrieron, sino de atender las causas que generan violencia y abrir
caminos distintos para quienes enfrentan condiciones de vulnerabilidad.
La Estrategia Nacional de Seguridad Pública 2024-2030 coloca precisamente
la atención a las causas como uno de sus cuatro grandes ejes, junto con la
consolidación de la Guardia Nacional, el fortalecimiento de la inteligencia y
la investigación, y la coordinación entre las instituciones de seguridad y los
distintos órdenes de gobierno.
Esto tiene una enorme importancia porque nos obliga a entender que la
seguridad no se construye únicamente desde una patrulla o una fiscalía, sino
también en una escuela, en una cancha deportiva, en un centro de salud, en un
espacio público recuperado y, de manera fundamental, dentro de los hogares.
Un joven que tiene acceso a educación, que encuentra una oportunidad de
empleo, que puede practicar un deporte, desarrollar una actividad cultural y
construir un proyecto de vida, tiene más herramientas para mantenerse alejado
de la violencia. Una familia que cuenta con bienestar, servicios públicos,
salud, educación y condiciones dignas tiene mayores posibilidades de
convertirse en un espacio protector.
Por eso, atender las causas es una política de seguridad.
Los resultados que se han alcanzado en materia de homicidio doloso
muestran que la estrategia está produciendo avances. Entre septiembre de 2024 y
junio de 2026, el Gobierno de México reportó una reducción de 48 por ciento en
este delito.
Son cifras importantes porque detrás de cada disminución hay vidas que
pueden preservarse y familias que no tienen que enfrentar el dolor de perder a
uno de sus integrantes.
Pero tampoco debemos caer en la tentación de pensar que una cifra, por
positiva que sea, significa que el problema está resuelto. La seguridad es una
tarea permanente. Cada delito que ocurre importa. Cada familia que tiene miedo
importa. Cada joven que puede ser captado por la delincuencia representa una
responsabilidad que el Estado y la sociedad no podemos eludir.
La construcción de paz requiere instituciones fuertes, policías
capacitadas, inteligencia, investigación, coordinación y una aplicación eficaz
de la justicia. Pero también necesita una sociedad cohesionada.
Y esa cohesión social comienza en la familia.
Se trata de reconocer su papel fundamental en la prevención de las
violencias y en la formación de comunidades más solidarias.
Cuando una familia puede sentarse a la mesa, conversar, escuchar a sus
hijos y acompañarlos; cuando existen espacios seguros para convivir; cuando una
madre o un padre pueden trabajar sin que la precariedad les obligue a abandonar
por completo el acompañamiento de sus hijos; cuando las niñas y los niños
tienen acceso a educación, cultura y deporte, estamos haciendo prevención.
Durante décadas se quiso enfrentar la violencia principalmente con una
lógica de fuerza. La experiencia nos demostró que ningún país puede alcanzar
una paz duradera si no atiende las condiciones que permiten que la violencia se
reproduzca.
Por eso resulta fundamental que la política de seguridad de la Cuarta
Transformación mantenga una visión humanista, que es proteger a las personas,
recuperar espacios, fortalecer comunidades y ofrecer alternativas de vida,
particularmente a las nuevas generaciones. La propia Estrategia Nacional
reconoce que no basta con la fuerza del Estado y que es necesario ampliar las
oportunidades de educación, empleo, salud, cultura y deporte.
La seguridad que queremos para México no puede consistir solamente en
tener menos delitos. Debe significar también tener más oportunidades, más
convivencia, más confianza, más justicia y más paz. Se construye todos los
días.
Si queremos un México más seguro para las próximas generaciones, debemos
preguntarnos no solamente cómo detener la violencia, sino qué estamos haciendo
para que nuestros jóvenes no tengan que encontrar en ella una alternativa.
Ahí está uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.
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