Manual básico para no crecer en política
La senadora
Ana Lilia Rivera parece haber encontrado la fórmula perfecta para explicar por
qué no levanta: culpar a una “guerra sucia”. Porque claro, siempre es más
cómodo imaginar enemigos invisibles que revisar el propio desempeño.
Según esta lógica, no importa si llama “estúpidos” a quienes le preguntan por
su trabajo; la culpa es de los demás por escuchar. Tampoco importa si comete
errores que provocan más cejas levantadas que aplausos; seguramente también
forman parte del “complot”. Y si decide pelearse con los suyos, ignorando los
llamados a la unidad, bueno… alguien más debe haberla obligado.
El guion es sencillo: cada tropiezo no es responsabilidad propia, sino
evidencia de persecución. Cada crítica no es un reclamo ciudadano, sino un
ataque orquestado. Y cada error, lejos de corregirse, se recicla como
argumento.
El detalle es que la realidad suele ser menos creativa: el desgaste no viene de
una “guerra sucia”, sino de una combinación bastante terrenal de soberbia,
desatinos y ausencia de resultados.
Pero eso sí, mientras exista la excusa perfecta, siempre habrá a quién echarle
la culpa. Aunque, en este caso, el principal adversario parezca aparecer cada
vez que toma el micrófono.
Comentarios