La educación digital inicia en casa
La revolución
tecnológica ha transformado nuestra forma de vivir, aprender y relacionarnos.
En apenas unos años, los dispositivos móviles y las redes sociales pasaron de
ser herramientas complementarias a convertirse en una presencia permanente en
la vida cotidiana, especialmente entre niñas, niños y adolescentes. Este cambio
representa enormes oportunidades para el acceso al conocimiento, la creatividad
y la comunicación, pero también plantea riesgos que como sociedad no podemos
ignorar.
Las familias,
las escuelas y las instituciones enfrentan un reto inédito, que es acompañar a
las nuevas generaciones en un entorno digital que evoluciona más rápido que
nuestras propias capacidades para comprenderlo. No basta con reconocer los
beneficios de la tecnología, también debemos asumir la responsabilidad de
prevenir sus efectos negativos cuando el uso excesivo o sin orientación afecta
el desarrollo emocional, la convivencia familiar, el aprendizaje o incluso la
salud mental de nuestras infancias y juventudes.
Por ello
celebro la decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo de convocar a
foros regionales para construir, mediante el diálogo y el consenso, una
propuesta que permita regular el uso de plataformas digitales y redes sociales
entre niñas, niños y adolescentes.
Comparto
plenamente su visión de que no se trata de regular por regular, sino de abrir
una discusión nacional que involucre a madres y padres de familia, docentes,
especialistas, empresas tecnológicas, legisladores y, por supuesto, a las
propias juventudes. El propósito no es otro sino construir acuerdos que
fortalezcan la educación digital, lo mismo que promover un uso responsable de
la tecnología y proteger el interés superior de la niñez.
Sin embargo,
es necesario reconocer que ninguna ley será suficiente si no va acompañada de
una verdadera educación digital. Regular las plataformas es importante, pero
aún más lo es que las madres y los padres cuenten con información para
comprender qué ocurre cuando una niña, un niño o un adolescente permanece
durante ocho o más horas al día frente a una pantalla. Diversos estudios han
advertido que el uso excesivo de dispositivos puede afectar el desarrollo
emocional, la capacidad de concentración, el descanso, la convivencia y la
práctica de actividades físicas, culturales y recreativas que son fundamentales
para un crecimiento integral.
También
debemos reflexionar sobre lo que sucede al interior de nuestros hogares, pues
cada vez es más frecuente encontrar familias reunidas físicamente, pero
separadas por la pantalla de un teléfono celular. Madres, padres e hijos
comparten el mismo espacio, aunque no necesariamente conviven entre sí. Esa
realidad modifica la comunicación, debilita los vínculos afectivos y limita el
diálogo cotidiano, que sigue siendo el principal instrumento para formar
valores, fortalecer la confianza y acompañar el desarrollo de nuestras hijas e
hijos.
Por ello,
cualquier esquema de regulación debe traducirse también en una estrategia
nacional de educación digital que involucre a las familias, las escuelas, las
instituciones públicas y las propias plataformas tecnológicas. Sólo así
lograremos que la tecnología sea una herramienta para ampliar oportunidades y
no un factor que profundice el aislamiento, la desinformación o la pérdida de
la convivencia humana.
La regulación
no significa censura ni representa un obstáculo para la innovación. Por el
contrario, significa reconocer que los derechos de la infancia también existen
en el mundo digital. Así como protegemos a nuestras niñas y niños en los
espacios públicos, debemos garantizar que internet sea un entorno más seguro,
libre de violencia, explotación, manipulación y contenidos que vulneren su
desarrollo.
La Cuarta
Transformación ha demostrado que las mejores decisiones son aquellas que nacen
del diálogo con el pueblo. Por ello estoy convencida de que este proceso
seguirá ese mismo camino. Escuchar, debatir y construir acuerdos permitirá
contar con una legislación moderna, legítima y eficaz, pero, sobre todo,
contribuirá a formar una generación que aproveche las ventajas de la tecnología
sin perder aquello que ninguna pantalla podrá sustituir: la convivencia
familiar, la solidaridad, el pensamiento crítico y los valores que fortalecen
nuestra vida en comunidad.
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