La democracia no se delega: Se construye
Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T
Vicente Morales Pérez
Durante mucho tiempo se nos hizo creer que participar en la vida pública consistía únicamente en opinar, reclamar o inconformarse. Que la democracia era un ejercicio pasivo donde el ciudadano hablaba y el gobierno resolvía. Ese modelo agotado, propio del viejo régimen, redujo la participación a la queja y al poder a una esfera lejana. La Cuarta Transformación llegó para romper con esa lógica.
Opinar es importante, pero no suficiente. La verdadera participación comienza cuando la ciudadanía decide involucrarse, asumir responsabilidades y entender que los asuntos públicos nos pertenecen a todas y todos. La 4T ha impulsado un cambio profundo: pasar de una democracia de espectadores a una democracia de protagonistas.
En este nuevo tiempo histórico, el pueblo dejó de ser un actor secundario. Ya no es receptor de decisiones tomadas en lo oscurito. Es parte activa del proceso de transformación. Y eso implica corresponsabilidad. Significa comprender que gobernar no es un acto unilateral, sino un ejercicio colectivo donde gobierno y ciudadanía caminan en el mismo rumbo.
La participación ciudadana auténtica no se limita a alzar la voz, sino a poner manos a la obra. Implica informarse, dialogar, proponer y también entender los límites y alcances de la acción pública. La democracia madura no se construye desde la confrontación permanente, sino desde la conciencia crítica y el compromiso social.
La Cuarta Transformación apostó por una nueva relación entre el poder y el pueblo. Una relación basada en la confianza, la cercanía y la rendición de cuentas. Gobernar escuchando no es debilidad; es fortaleza democrática. Consultar no es renunciar al liderazgo; es ejercerlo con legitimidad.
Por eso, ejercicios como el Parlamento Abierto y los mecanismos de participación ciudadana no son adornos institucionales. Son expresiones vivas de una democracia que se transforma. Son espacios donde la ciudadanía deja de ser observadora y se convierte en parte del proceso legislativo, en corresponsable de las decisiones que impactan su vida cotidiana.
La corresponsabilidad también exige madurez política. En democracia no siempre se coincide, pero siempre se dialoga. No todas las propuestas prosperan, pero todas merecen ser escuchadas. La regla de la mayoría no cancela la pluralidad; la ordena. Y el respeto a las instituciones fortalece la convivencia democrática.
Desde la visión de MORENA y la 4T, la crítica es bienvenida cuando busca mejorar, no destruir. La participación es valiosa cuando construye, no cuando paraliza. La transformación requiere ciudadanía activa, organizada y consciente, no solo inconforme.
En tiempos donde la indignación se expresa con facilidad en redes sociales, conviene recordar que la verdadera transformación ocurre en la comunidad, en la organización social, en la participación constante. La democracia no se agota en una publicación ni en una consigna. Se construye con presencia, compromiso y trabajo colectivo.
Como señaló en su momento el presidente Andrés Manuel López Obrador, el pueblo no solo es origen del poder, es su razón de ser. Hoy esa idea se traduce en una tarea concreta: asumir que la transformación no es obra de unos cuantos, sino resultado del esfuerzo compartido.
La democracia no se delega. Se ejerce. Y solo se fortalece cuando la ciudadanía entiende que participar no es opinar desde la distancia, sino construir desde la corresponsabilidad.
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